"Esa medalla era uno de los logros que tenía pendiente
en mi carrera. Pude ganar varios torneos, latinos, sudamericanos, y en los tres
Panamericanos anteriores había estado cerca pero nunca había conseguido el oro.
La alegría fue inmensa y además me puso muy contento que, gracias a eso, se
empezaron a escuchar las palabras tenis de mesa más seguido en los medios
argentinos", destaca Liu Song, el responsable de que aquel 20 de octubre
una buena porción del país se enterara de que aquel pasatiempo juvenil podía
ser un deporte de alto rendimiento y de que algunos lo practicaban demasiado
bien.
Además de ser el propietario del primer oro panamericano del
tenis de mesa argentino y del empujón para una disciplina poco acostumbrada al
rebote mediático intenso, "Ser campeón panamericano no me garantiza nada,
voy a tener que esforzarme mucho para ganar. Lo de Guadalajara fue hermoso pero
ya es parte del pasado", se ataja, con el aval que le otorga la
experiencia de los 17 años que lleva representando al país. Nacido el 12 de
mayo de 1972 en Guilin, en la región china de Guangxi, comenzó a golpear la
pequeña pelota blanca a los nueve años, fue campeón nacional junior y trepó
hasta el octavo lugar en el ranking de su nación natal hasta que en 1995 cruzó
el globo, siguiendo a su familia que, un lustro antes, se había radicado en
Floresta.
Uno de los primeros lugares que conoció en Buenos Aires fue el
Cenard, donde comenzó a entrenarse y se cruzó con Pablo Tabachnik, con quien
compartió gran parte de su devenir y formó la dupla subcampeona en los
Panamericanos de Winnipeg 1999, Rio de Janeiro 2007 y Guadalajara 2011.
"Nuestra relación es excelente, somos muy buenos
compañeros y profesionales y nos divertimos mucho", admite.
Afincado desde hace más de una década en Bordeaux, donde
representa al SAG Cestas de la liga profesional francesa, comparte los pocos
ratos libres que le entrega el deporte con su esposa Viviana y sus hijos
Cristina y Félix. "El tenis de mesa está cada vez más profesionalizado,
hay que entrenar un mínimo de seis horas diarias, haciendo trabajos físicos de
velocidad, reacción y precisión. La parte de mesa varía de acuerdo al momento
de la temporada en que estemos, trabajamos los aspectos técnico-tácticos:
saques, recepciones, top spin, terceras pelotas, defensa. Los ejercicios son
con un alto grado de dificultad y exigencia", explica, para derribar mitos
sobre los requerimientos de la disciplina que abraza con vigor.
Y la carga a la que somete a su cuerpo y a su mente se
multiplica cuando en el horizonte se dibuja un desafío del calibre de un Juego
Olímpico, en el que las aspiraciones se ajustarán a la realidad de una
disciplina en la que Argentina no cuenta con antecedentes de fuste. "Voy
con la expectativa de poder hacer un buen papel. Sé que es difícil ganar una
medalla, pero la ilusión siempre está. Es un sistema complicado porque el que
pierde queda eliminado. Mi mayor deseo es ganar varios partidos y poder superar
lo logrado en Atenas y Beijing". Más allá del desenlace de esta historia,
ya nadie borrará los capítulos que escribió mejor que ninguno.

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