miércoles, 30 de mayo de 2012

Londres Llama a Liu Song


"Esa medalla era uno de los logros que tenía pendiente en mi carrera. Pude ganar varios torneos, latinos, sudamericanos, y en los tres Panamericanos anteriores había estado cerca pero nunca había conseguido el oro. La alegría fue inmensa y además me puso muy contento que, gracias a eso, se empezaron a escuchar las palabras tenis de mesa más seguido en los medios argentinos", destaca Liu Song, el responsable de que aquel 20 de octubre una buena porción del país se enterara de que aquel pasatiempo juvenil podía ser un deporte de alto rendimiento y de que algunos lo practicaban demasiado bien.



Además de ser el propietario del primer oro panamericano del tenis de mesa argentino y del empujón para una disciplina poco acostumbrada al rebote mediático intenso, "Ser campeón panamericano no me garantiza nada, voy a tener que esforzarme mucho para ganar. Lo de Guadalajara fue hermoso pero ya es parte del pasado", se ataja, con el aval que le otorga la experiencia de los 17 años que lleva representando al país. Nacido el 12 de mayo de 1972 en Guilin, en la región china de Guangxi, comenzó a golpear la pequeña pelota blanca a los nueve años, fue campeón nacional junior y trepó hasta el octavo lugar en el ranking de su nación natal hasta que en 1995 cruzó el globo, siguiendo a su familia que, un lustro antes, se había radicado en Floresta. 

Uno de los primeros lugares que conoció en Buenos Aires fue el Cenard, donde comenzó a entrenarse y se cruzó con Pablo Tabachnik, con quien compartió gran parte de su devenir y formó la dupla subcampeona en los Panamericanos de Winnipeg 1999, Rio de Janeiro 2007 y Guadalajara 2011.

"Nuestra relación es excelente, somos muy buenos compañeros y profesionales y nos divertimos mucho", admite.

Afincado desde hace más de una década en Bordeaux, donde representa al SAG Cestas de la liga profesional francesa, comparte los pocos ratos libres que le entrega el deporte con su esposa Viviana y sus hijos Cristina y Félix. "El tenis de mesa está cada vez más profesionalizado, hay que entrenar un mínimo de seis horas diarias, haciendo trabajos físicos de velocidad, reacción y precisión. La parte de mesa varía de acuerdo al momento de la temporada en que estemos, trabajamos los aspectos técnico-tácticos: saques, recepciones, top spin, terceras pelotas, defensa. Los ejercicios son con un alto grado de dificultad y exigencia", explica, para derribar mitos sobre los requerimientos de la disciplina que abraza con vigor.

Y la carga a la que somete a su cuerpo y a su mente se multiplica cuando en el horizonte se dibuja un desafío del calibre de un Juego Olímpico, en el que las aspiraciones se ajustarán a la realidad de una disciplina en la que Argentina no cuenta con antecedentes de fuste. "Voy con la expectativa de poder hacer un buen papel. Sé que es difícil ganar una medalla, pero la ilusión siempre está. Es un sistema complicado porque el que pierde queda eliminado. Mi mayor deseo es ganar varios partidos y poder superar lo logrado en Atenas y Beijing". Más allá del desenlace de esta historia, ya nadie borrará los capítulos que escribió mejor que ninguno.

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